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¿Cómo llegué a conocer esto?      


Desde muy temprana edad comencé a tener experiencias "raras", cosas a las que en principio no presté la debida atención. Eran como piezas de un rompecabezas sin ningún sentido. Al menos yo no se lo daba, pero que me resultaban muy interesantes.

Cosas que sólo servían para esos momentos de la adolescencia en que te reunías una noche de verano con los amigos, y empezabas a hablar de la chica de la curva, espiritismo, ovnis y todas esa cosas que tienen que ver con lo desconocido. Pero que sin ninguna duda, y sin podérmelo imaginar entonces, marcaron lo que sería mi vida adulta.

Si yo contara todas y cada una de estas experiencias que he tenido, haría esta exposición interminable. Razón por la que me centraré en tres de ellas, que me sucedieron a los cinco, catorce y veintiocho años.

La primera se produjo durante una noche, mientras dormía. Un rato antes de irme a la cama, cogí una calculadora de mi padre, la cual nos había prohibido tocar a mi y a mis hermanas. Era una calculadora Casio, de aquellas que se iluminaban unos dígitos verdes.

Pues como digo, la cogí y me la cargué. Recuerso que se me cayó el mundo encima, pues pensé que en cuanto la viera mi padre me echaría una buena reprimenda, que a los cinco años es un buen susto.

El caso es que me escondí en la terraza con ella y, desde el poco conocimiento de las cosas que tenía entonces, traté por todos los medios de que aquel artilugio volviera a funcionar. pero cansado de luchar contra lo imposible, me la escondí en el pantalón del pijama y me fui a la cama, poniéndola debajo de la almohada y acostándome para dormir, lo que me costó bastante.

Dándole vueltas a la que me iba a caer de forma irremediable, y pensando que ojalá me muriera, y sin saber cómo, terminé durmiéndome.

A la mañana siguiente, al despertar, recordé el sueño que acababa de tener. En ese sueño yo arreglaba la calculadora y sabía cómo lo había hecho. De modo que cogí un destornillador de las herramientas que había en casa y me fui a la terraza, donde nadie me veía, hice lo mismo que en el sueño y la calculadora funcionó.

¡UF! Qué peso me había quitado, era como si flotara. Pero en ningún momento fui consciente del prodigio que acababa de protagonizar. Todo mi afán era dejarla en su sitio y a otra cosa. Pero esta experiencia se quedó grabada en mi alma por la emoción tan tremenda de miedo que sentí cuando me la cargué y por la emoción inconmesurable que sentí cuando la hice funcionar de nuevo.

Este hecho, poco tiempo después, sentí que era algo innato en mi, pues a los siete años le arreglé a mi madre la lavadora, que se había estropeado sin mi intervención. Lo que a ella la descolocó... ¿Te quieres creer que el niño ha areglado la lavadora? Le dijo a mi padre.

A los once o doce años, viviendo ya en Córdoba, conocí el movimiento gnóstico. Si bien, y aunque iba aprendiendo algunos conceptos muy interesantes, yo tenía puesto el foco de mi vida en otras cuestiones más propias de mi edad... Ver cómo podía hacer una chuleta para un examen sin que me pillaran, jugar con mis amigos, etc.

La segunda experiencia me sucedió a los catorce años. Era una tarde de abril y me quedaba algo más de un mes para terminar la EGB, la que siempre pensé que me aprobaron por lástima. Pero esta no fue la razón por la que me sucedió esta vivencia.

En aquella época yo era plenamente consciente de que estaba interpretando a una especie de personaje que no se correspondía con la verdadera realidad de mi ser. Sin embargo, y en apariencia, me comportaba con total normalidad; me reía, jugaba, me relacionaba bastante bien, y en definitiva, todo parecía normal a pesar de que en el fondo ya no me interesaba casi nada.

Pero aquella tarde, por una razón que no hace al caso, tuve la peor lucha interior que había tenido jamás. Una parte de mi quería terminar con todo de una vez. La otra parte decía que tenía que seguir adelante.

En medio de esa lucha tremenda, y mientras estaba escondido entre unos matorrales de un descampado que entonces exitía, surgió llo más grande que alguien puede experimentar...

De repente, aquel descampado se transformó en un paisaje idílico, en donde los colores eran más intensos. Sentí que una presencia me abrazaba y me transmitía una sensación de paz y serenidad nunca antes vivida. Era capaz, incluso, de oir el silencio.

Cuando la experiencia terminó ya era de noche, aunque para mi no había pasado tanto tiempo. En todo caso, yo me encontraba muy bien y seguía escuchando el silencio. Años más tarde supe que había estado en lo que algunos llaman el Reino de los Cielos, estado crístico o nirvana.

La última experiencia que voy a contar, la que me ocurrió a los veintiocho años, sucedió con la pérdida de un ser querido. Me volvió a pasar lo mismo que a los catorce. Una presión interior muy fuerte y de nuevo entré en el Reino de los Cielos.

Varios días después de esto, me encontré un cartel por la calle anunciando una conferencia sobre estas cuestiones y fui. El conferenciante, tras estar hablando un rato, narró la misma experiencia del Reino de los Cielos, lo que me llamó mucho la atención porque no le conocía de nada y ni siquiera habíamos hablado él y yo. En ese momento supe lo que me había pasado a los catorce años y lo que me había vuelto a pasar algunos días antes. Es cuando supe que yo había alcanzado en el Reino de los Cielos, estado crístico o nirvana.

Según se explicó en la conferencia, a ese estado sólo se llega parando la mente por completo (hoy en día pienso que lo que se para es el ego, no la mente). Y esto sucede, como me sucedió a mi, por un colapso total de la misma o de forma intencionada cuando eres capaz de controlarla.

A raiz de esto, como yo ya tenía la certeza por haberlo vivido dos veces, me impliqué de lleno y retomé todos los conceptos que aprendí en mi etapa en la gnósis y los que fui aprendiendo a lo largo del tiempo en libros como "El poder psicotrónico", "El método Silva de control de la mente", "El caballero de la armadura oxidada", o "El poder del hora" entre muchos.

De esta forma pude encajar las piezas del rompecabezas que decía al principio y ver el sentido de todo. Desde la experiencia que me sucedió a los cinco años, que hoy sé que aquella noche, mientras soñaba, conecté con las regiones superiores de la mente y adquirí un conocimiento para arreglar la calculadora, que a esa edad no podía haber adquirido de otra forma, hasta la última de mis experiencias.

La única pega es no haber podido encajar el puzle desde el principio. Pues otra historia hubiera sido mi paso por el colegio y por muchas otras circunstancias de mi vida. Aunque también es cierto que cada acontecimiento acaecido en mi vida, cada paso que di, me trajeron hasta aquí.

Con el deseo de que le saques el máximo partido a este curso y que la experiencia que he plasmado en él te sea de gran utilidad, recibe un fuerte abrazo con toda mi alma.



                                                                                                                                                         José Luis Sáez